(Enlace a la primera parte: http://difusiondefilosofia.blogspot.com/2010/02/el-papel-de-los-filosofos-en-la.html

Uno a veces se pregunta por qué le parece tan importante a cierto grupillo de personas—los “filósofos”—el enterarse de las teorías de moda, porqué parecen gozar leyendo gordos y pesados libros y revistas especializadas de temas muy delimitados, y yendo a coloquios y congresos donde otros miembros de ese grupillo—otros filósofos—van a exponer sus avances y construcciones en el tema.

La respuesta no es trivial. Bueno, tiene un componente trivial: básicamente, porque les gusta y porque sus universidades les pagan por ello. Pero tiene otro componente mucho más duro de roer, más allá de los gustos y los pagos. El problema es a nivel teórico: ¿de qué sirve—de nuevo, a nivel teórico—conocer más filosofía?
La respuesta, puesta simplemente, es que nadie nace sabiendo. Esta obviedad nos lleva a notar que la filosofía—y una Filosofía: un particular sistema o anti-sistema—no puede desarrollarse aisladamente; como no puede desarrollarse aisladamente ninguna otra empresa cognitiva. No tendríamos hoy la ciencia que tenemos si los egipcios, los sumerios, los babilónicos, los griegos y los mayas—al menos—no hubieran comenzado el desarrollo de la física, la cosmología y la matemática hace ya varios miles de años. Ni la tendríamos tampoco si las universidades de pronto se negaran a financiar ningún proyecto de investigación o experimento bien diseñado. Como los filósofos de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX bien remarcaron (a veces llevando este simple punto al exceso del constructivismo), la ciencia es una empresa social—el conocimiento profundo, que va más allá de lo que sabemos al mirar por la ventana o platicar con un amigo enterado, necesita de la interacción social. En esa medida, la ciencia es una actividad anti-solipsista por naturaleza—lo cual no excluye, ni debería hacerlo, la existencia de esa rara entidad que es el genio.
La filosofía, y toda otra empresa cognitiva, no es muy diferente de esto. Por más que haya grandes figuras, esas grandes figuras siempre se alimentan de su entorno y su historia. Sin esa historia y entorno, una gran figura seguramente hubiera sido muy diferente—o no hubiera sido, quizá, ni siquiera grande.
Una característica esencial de las grandes figuras ha sido su capacidad para tener visión de conjunto. Un genio puede abstraer y ver el bosque desde arriba—aunque, claro, tiene también un buen conocimiento de los árboles que lo conforman: no sería posible abstraer y generalizar, si primero no tuviera casos particulares desde los cuales generalizar. En este sentido, la capacidad sintética del genio presupone su conocimiento analítico, su capacidad para conocer casos y ejemplos, detalles y diferencias específicas—desde las cuales sintetiza similaridades y estructuras, sistematizaciones y universales.
Cierto es que hay un incontable número de figurillas académicas preocupadas por el detalle, por la afinación de las superficies o el remache de las uniones profundas. A veces tendemos a ver a estas figurillas como hombres de academia insensibles a lo que sucede fuera de su pequeño círculo de acción, de esa pequeña esfera en la que se inscribe su dominio teórico. Pero, por más apegada a la realidad que esté esa representación de la moderna especialización y división del conocimiento, deja algo de fuera: lo que deja de fuera es, precisamente, que el conocimiento sintético no podría existir si no fuera por esas cuestiones de detalle.
Y es que, aunque tendemos—con cierta justificación—a tener en mayor estima intelectual a aquéllas mentes que definen épocas y establecen paradigmas mediante su capacidad para sintetizar y, sobre ello, innovar, la cegadora luz de éstas grandes mentes puede impedirnos ver todo el trabajo de detalle que presuponen. De nuevo, nadie nace sabiendo. Si puede haber grandes cambios de paradigma, es porque detallitos aquí y allá, teorías sobre un pequeño campo o sobre aquél otro diminuto, pueden ser sintetizadas y sistematizadas en una visión de conjunto—y así los árboles pueden pasar a formar un bosque. Sin embargo, ningún humano podría dominar toda área de conocimiento en una sola vida (aproximadamente unos 75-85 años humanos); de hecho, hoy ya es casi imposible dominar todas las especialidades en una sola rama. (Se dice, por ejemplo, que David Hilbert—un matemático de inicios del siglo XX—fue el último humano sobre esta Tierra en tener un conocimiento profundo de todas las áreas de las matemáticas que existían en su tiempo). Es por esto que el trabajo de especialistas es necesario: los especialistas en un pequeño problema conocen cómo se ha desarrollado y cómo se inserta en un angosto dominio teórico—lo cual les facilita reenfocarlo u ofrecer soluciones para él. Son éstos resultados los que un intelecto ávido de síntesis y sistematización tomará en cuenta—sin necesidad de, él mismo, sumergirse demasiado profundamente en pequeños y locales problemas.
Pequeños detalles permiten grandes teorías y visiones de conjunto, que poco a poco—si son existosos—definirán el espíritu intelectual de una época, y nos harán partícipes de una cierta cultura. Hay que meditar en eso cuando despreciemos el trabajo del académico especialista, del diminuto scholar o el ávido lector de journals especializados.


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La Pluralidad de los Mundos es un proyecto de difusión de la filosofía. Somos un grupo de gente pensante que compartimos la creencia de que el conocimiento filosófico puede contribuir mucho a un sano desarrollo de la cultura pública, mientras que también sabemos que la filosofía no siempre es de fácil acceso. Creemos, en resumen, en la necesidad de difundir la filosofía. (Seguir leyendo»)

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Czesław Miłosz: "Exhortación"

Bello e invencible es el intelecto humano
ni rejas, ni alambre de púas, ni condenar los libros al despiece,
ni tampoco una sentencia de exilio pueden nada contra él.
Él establece en la palabra las ideas universales
y nos guía de la mano, escribimos entonces con mayúscula
Verdad y Justicia, y con minúscula, engaño y humillación,
él, por encima de lo que es, eleva lo que debiera ser,
enemigo de la desesperación, amigo de la esperanza.
Él no conoce judío ni negro, esclavo ni señor,
cediendo a nuestro gobierno el común patrimonio del mundo.
Él, de entre el impúdico estrépito de las palabras trituradas,
salva las frases austeras y dignas.
Él nos dice que todo es siempre nuevo bajo el sol,
y abre la mano yerta de lo que había sido.
Bella y muy joven es la Filosofía
y su aliada al servicio del Bien, la poesía
Apenas ayer la Naturaleza celebró su nacimiento,
lo anunciaron a los montes el unicornio y el eco.
Gloriosa será su alianza, ilimitado su tiempo.
Sus enemigos se condenaron a sí mismos a la destrucción.
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